Así lo expresó Monseñor Juan Carlos Sánchez.

El arzobispo de Tucumán, monseñor Carlos Sánchez encabezó el tradicional Tedeum que se llevó a cabo en la Catedral, casi vacía, en el marco de los actos por el 204° aniversario de la Declaración de la Independencia Nacional.

Durante la homilía Monseñor Sánchez señaló:

Queridos hermanos:

¡Feliz día de la Patria! ¡Feliz Aniversario de la Independencia Argentina!

Como cada 9 de julio nos congregamos para dar gracias a Dios y orar por nuestra Patria Argentina en la Iglesia Catedral. Lo hicieron los Congresales en 1816 y lo seguimos haciendo año tras año, cumpliendo así con una tradición bicentenaria. Lo primero que hicieron los congresales, después de declarar la Independencia, fue ir al templo.

En primer lugar, damos gracias a Dios por el legado que nos dejaron nuestros próceres, que forjaron la Patria y que durante muchos meses deliberaron en el Congreso de Tucumán para declarar la Independencia e inspirar el futuro de la Argentina fraterna y solidaria, pacificada y reconciliada; condiciones capaces de crear una Nación para todos.

Gracias a Dios por la entrega generosa y valiente de tantos argentinos que en este tiempo de pandemia han puesto todo de sí para servir a la sociedad toda, los trabajadores de la salud, de educación, de seguridad, de los servicios esenciales. Gracias, Señor, por tu amor reflejado en el servicio de estos hermanos y gracias a cada uno de los servidores de la sociedad por haber sido signo de Cristo, compasivo y misericordioso.

Por otro lado, este año de una manera muy especial, suplicamos a Dios que:

 nos libre de la pandemia y de tantos males que sufrimos en nuestra sociedad;

 nos consuele en la aflicción, la enfermedad y el dolor de tantos hermanos;

 nos anime y fortalezca para poner todas nuestras energías y capacidades al servicio del bien común y deponiendo nuestros intereses mezquinos e individualistas;

 nos encienda el corazón en la caridad efectiva y sacrificada, para que los argentinos vivamos en paz, justicia y libertad, acrecentando la esperanza con el

encuentro fraterno y comprometido.

La situación sanitaria:

 nos exige el distanciamiento, pero no al alejamiento y la indiferencia ante cada situación de vida.

 Nos exige cuidarnos, pero no ensimismarnos, excluyendo y marginando.

 Nos exige quedarnos en casa, pero pensando y haciendo algo por el hermano argentino que no tiene casa, abrigo, comida, remedios, educación y afecto….

 Nos exige lavarnos continuamente las manos, pero no para desentendernos de los demás, como Pilato, sino para purificar nuestra manera de pensar y tratar al otro.

 Nos exige cubrir nuestra nariz y boca para que lo que decimos, pase antes por el filtro de la compasión y la caridad, y respiremos el aire puro de la verdad, la paciencia y comprensión, sin imposiciones.

 Nos exige mirarnos a los ojos para ser sinceros, “los ojos son el espejo del alma” dice el Señor, mirarnos para dignificarnos y poder descubrir en la realidad tan compleja los haces de luz y esperanza.

Nos exige usar nuestros oídos, no solo para sujetar el barbijo, sino para escuchar el clamor de los que sufren violencia, inseguridad, injusticia, indiferencia y atropello. Y escuchándolos generar iniciativas de cambio y superación.

Nos exige mantener limpios y sanos los espacios y, por tanto, sanar las relaciones familiares, laborales, vecinales, las decisiones para tomar el mejor camino a recorrer y arroparnos con la caridad fraterna y solidaria.

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos habla de la libertad. Dios nos ha creado libres y aunque cautivos por el pecado, Él nos quiere libres. Por eso, Jesucristo nos consiguió la libertad mediante su muerte redentora.

La libertad que nos da la fe en Jesucristo: “si permanecen fieles a mi palabra, serán discípulos míos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres” acabamos de escuchar en el Evangelio. La fidelidad a Jesucristo, Señor de la historia nos hace capaces de conocer la verdad del Amor que nos hace libres y nos colma de alegría.

Fueron algunos de las palabras que dejó
Monseñor Carlos Alberto Sánchez – Arzobispo de Tucumán

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