Por Patricio Guzmán.

Dentro de las mayores y mejores recordaciones que tiene el anecdotario de la política en nuestro país, hay una que es imperdible y contiene un profundo mensaje ejemplificador en materia humanitaria. Mucho más si la muerte, es decir, la perdida de la vida de una de las partes en la puja de rivales, pone fin justamente a dicha disputa, que siempre, pero siempre, es una contienda que enfrenta dos posturas democráticas lejos de la violencia y cualquier deseo donde prime la agresión.

El ejemplo en cuestión tiene a Ricardo Balbín y Juan Domingo Perón como principales protagonistas. Balbín, porteño, nacido un 29 de Julio de 1904, creyó que en fusión de la fórmula Perón-Balbín, se concretaría la unión de los argentinos. ¡Si, leyeron bien! Un Peronista y creador del partido, con un amante del modelo de Hipólito Hirigoyen que se enroló al radicalismo a sus 18 años, estuvieron a punto de ser parte de una dupla que pudo ser histórica.

La historia luego cuenta que Balbín luego fue llevado a la cárcel por Perón. Con todo un conglomerado de situaciones en el medio y de posturas que finalizaron con la muerte del líder del Partido Justicialista y al instante vino una cita inmortal de Balbín hacia Perón: “Este viejo adversario despide al amigo” en el Congreso de la Nación, junto al féretro. “No sería leal si no dijera también que vengo en nombre de mis viejas luchas; que por haber sido claras, sinceras y evidentes, permitieron en estos últimos tiempos la comprensión final”, remarcó.

Hoy, con el maldito Covid-19 cobrándose vidas sin importarle colores políticos, ni discriminación alguna de condiciones socioeconómicas, la muerte por tal virus del Arquitecto y ex Intentende de Concepción Osvaldo Morelli, trajo expresiones buenas y de las otras a la hora de los sentimientos que afloran dentro de la congoja y el respeto, como de la miseria humana misma de festejar dicho deceso.

El respetuoso gesto de una bandera a media asta en Plaza Mitre, salutaciones a la familia del ex Legislador y hasta el silencio mismo, son la parte buena de esta situación en cuestión. La otra, es la que se abraza a un desequilibrio que solo el odio puede alimentar cuando se llega a insultar dicha pérdida humana solo por abrazar un ideal a cambio tan solo de un trabajo.

El insulto a un fallecido sea cualquier el motivo es repudiable por donde se lo mire y sin ninguna posibilidad de resistir ningún tipo de defensa o análisis. Pero atención, pasa y seguirá pasando. Es parte del ADN de muchos en estos tiempos donde la muerte que trajo el Coronavirus es la lotería del terror o el Ta-Te-Ti del pánico y su incertidumbre.

En esa ruleta donde el virus puede llevarnos al traje de madera o no, el “Colorado el 32” le puede tocar a cualquiera y no es sano en lo mental festejarlo.

Tampoco es digno que un ciudadano común o un trabajador cualquiera, ocupe un sitial importante y en su transitar tenga desbordes de tamaña magnitud y no sea revisado por sus superiores. La justicia o sus superiores directos. Cualquier sanción debe ser ejemplicadora.

Hoy, las redes sociales y los estados están plagados de miserias como tales. Es el deber de los que comunicamos decirlo.

Abundan muchos “fanáticos” que se “inmolan” por ideales o pensamientos de odio que sus mismos lideres políticos en realidad no profesan.

¿Nombralos? No hace falta. Sería darles mucha importancia y algunos otros como ellos podrían imitarlos.

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