En el séptimo año de recesión económica, el pueblo venezolano sufre las consecuencias. Los problemas de abastecimiento de combustibles son muy graves.


El fogón a leña que Jesús Cova y su esposa Luisa Cortez usaban para preparar sopas los fines de semana con amigos, ahora es lo único que tienen para cocinar debido a la falta de gas doméstico, un mal cada vez más extendido en Venezuela. Si bien preparar comidas con carbón vegetal o madera era una práctica común en momentos de esparcimiento, la carencia de gas convirtió esta costumbre esporádica en la única alternativa para muchos venezolanos.

”La cocinita lo que está es llena ya de telarañas y de polvo, desde el mes de mayo sin tener gas”, dice Cova en su pequeña finca en Las Violetas, un caserío ubicado en el estado Sucre (noreste), a unas nueve horas de Caracas por tierra. ”Hasta para hacer un café, tenemos que estar pegados de un fogón”.

La imagen de hombres, mujeres y niños cargando leña en sus hombros o con carretillas se extiende a lo largo de la troncal 9, una autopista que comunica a Caracas con el oriente del país. Las ventas de leña también son comunes al borde de la carretera. Aunque no existen conexiones de gas cercanas a su pequeña finca, en Las Violetas antes se abastecían sin problema con cilindros recargables que adquirían a precios muy bajos.

Cova, ha liderado protestas que incluyen el bloqueo de vías para exigir soluciones, atribuye parte del problema a la corrupción. “Están bachaqueando (revendiendo) el gas en dólares”, la moneda de facto en las transacciones del país, asegura. Y entonces solo queda una opción: el “gas palito”, como se refiere a la leña con ironía Margarita Bermúdez, habitante de Boca de Caño, una comunidad vecina donde padecen un calvario semejante.

”El humo me asfixia porque sufro de asma”, asegura esta mujer. ”Necesitamos gas para cocinar, porque conforme nosotros le dimos el voto a nuestro presidente (Nicolás Maduro), para ponerlo cómodo a él, así queremos nosotros que nos pongan cómodos, nos tienen sufriendo y él está bien allá”, clama.

Al “tormento” de meses sin gas se suman otros males que han sumido a Bermúdez y sus tres hermanos, todos mayores que ella, y a su único hijo, de 22 años, en la pobreza extrema. ”La comida tampoco viene, yo he comido sardina asada con lechosa verde sancochada. Tampoco tenemos agua, se va la luz, se va el agua, y se va el gas ¿cómo poder estar nosotros? No podemos vivir bien”, recrimina.

A Luisa Cortez, una maestra de 46 años y esposa de Cova, le preocupa además las consecuencias ambientales de la tala. Sus propios alumnos han llegado a preguntarle por qué ella cocina con leña, contradiciendo sus lecciones sobre la preservación de los ecosistemas.

”Estamos cometiendo un ecocidio sin querer”, lamenta, al sostener que la “situación” se ha ido “degradando” pues si bien muchos recolectan árboles secos que han caído al suelo, otros los agarran “verdes”. La crisis es evidente en la finca de los Cova, que antes era productiva con cerdos, vacas, ovejas, patos y pavos.

”Ahorita solo podemos mantener cuatro chivos”. El gobierno de Maduro, que atraviesa su séptimo año de recesión, achaca los problemas de abastecimiento de combustible a las sanciones económicas que Estados Unidos le impuso, incluido un embargo petrolero.

Cova, resignado, dice que por el momento no queda más opción. “No nos queda otra que rompernos las manos, agarrar el hacha e irnos a la montaña a tumbar leña para tratar de cocinar”.

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