Su ex novio, un suboficial con carpeta psiquiátrica, la asesinó a cuchilladas. Nadie de la Justicia ni de la Policía hizo nada, a pesar de 18 denuncias en su contra.
Un día estaban en el río. Lo miró y le dijo que le tenía miedo. Él le respondió que por qué: “¿Qué te puedo hacer? ¿Matarte y tirarte al río?”. Úrsula no se rió. No era una broma. Los golpes llevaban más de siete meses y el acoso de su expareja era constante. Se vio muerta y decidió denunciarlo. “La cabeza me empezó a funcionar”, le contó a una amiga el sábado, tras declarar en la comisaría que Matías Ezequiel Martínez (25) la tenía amenazada.
Lo que sigue es otra historia con final anunciado que ahora cuentan miles de carteles en la plaza San Martín, la principal de Rojas, un partido de campos de soja y trigo a 250 kilómetros de Buenos Aires: “Martínez asesino», «No estamos todas, falta Úrsula», «¡Que baje Berni!», «Policía cómplice». Una multitud pidió justicia este martes tras el femicidio de Úrsula Bahillo (18) a manos de su ex, en el paraje rural de Guido Spano, a unos diez kilómetros de Rojas, en el noroeste de la provincia de Buenos Aires.
Miles se congregaron por las calles del municipio. No hubo edades: aplaudieron por horas tanto familias con sus chicos, como adolescentes y adultos. La mayoría fruncía el ceño sin un asomo de lágrima. Es bronca: «¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta!», cantaban. «Yuta, basura, vos sos la dictadura», se sumaban otros.
El acceso a la comisaría estaba vallado desde las 14 con un operativo de la Policía bonaerense para evitar disturbios, como los que sucedieron en la noche del lunes, cuando amigos y vecinos se acercaron a recabar información primero y justicia después. Hubo incidentes, vehículos incendiados, corridas, reacción desproporcionada con balas de goma -un video mostró a un policía que disparó en el ojo a una chica, sin que mediara ninguna provocación violenta por su parte-. Fueron demoradas nueve personas y cuatro quedaron detenidas.
Patricia Nasutti (52) muestra a Clarín los moretones que tiene en ambos brazos desde el día anterior e intenta esbozar la secuencia de los hechos, mientras espera al ministro de Seguridad bonaerense, Sergio Berni, que llegaría cerca de las 18 al domicilio de la familia.
Dice que en su casa se come religiosamente a las 21, que el lunes era día de milanesas con puré, que a las 20.30 su hija no llegaba y le mandó el primer WhatsApp -«Amor, ¿dónde estás?”-, que minutos después insistió -“Ursu, contestame»-, que a las 21.30 ya estaba segura de que algo “estaba mal”, que en la Comisaría de la Mujer nadie le informaba qué pasaba, que estuvo desde las 22 hasta las 5 del miércoles pidiéndole a dos psicólogas que alguien bajara -”¿Dónde está mi hija?”.

Úrsula había realizado una denuncia por amenazas dos días antes de ser asesinada. «No te metas conmigo, mirá que mi familia es muy pesada», había sido una parte de las últimas agresiones que la joven recibió de Martínez, que es policía y desde septiembre tenía una licencia psiquiátrica.
Días antes, la mamá de Úrsula también se había presentado a denunciar a Martínez por atacar a su hija. Informó que «sospechaba que la tenía amenazada» e indicó que se habían ingresado otras presentaciones en el Juzgado de Paz por violencia de género.
Martínez tenía muchas más denuncias de otra expareja y otra por violación de una persona con discapacidad. “Eran como 18 denuncias ya”, según habían podido recabar algunos de sus amigos que montaban guardia más temprano frente a la comisaría. Pero ni eso ni la carpeta médica que tenía labrada en la Bonaerense hizo que sus superiores lo apartaran de la fuerza ni le aplicaran sanciones disciplinarias.
Milagros Almirón (16) fue una de las primeras en conocer de los tormentos a los que Martínez a su amiga. Uno de los primeros pedidos de ayuda le llegó el 19 de noviembre por WhatsApp. “Estoy temblando. No me respondas nada de lo que te digo. Me re cagó a palos mal. Y esta vez fue muy posta”, le escribió Úrsula.

Días antes, la mamá de Úrsula también se había presentado a denunciar a Martínez por atacar a su hija. Informó que «sospechaba que la tenía amenazada» e indicó que se habían ingresado otras presentaciones en el Juzgado de Paz por violencia de género.
Martínez tenía muchas más denuncias de otra expareja y otra por violación de una persona con discapacidad. “Eran como 18 denuncias ya”, según habían podido recabar algunos de sus amigos que montaban guardia más temprano frente a la comisaría. Pero ni eso ni la carpeta médica que tenía labrada en la Bonaerense hizo que sus superiores lo apartaran de la fuerza ni le aplicaran sanciones disciplinarias.
Milagros Almirón (16) fue una de las primeras en conocer de los tormentos a los que Martínez a su amiga. Uno de los primeros pedidos de ayuda le llegó el 19 de noviembre por WhatsApp. “Estoy temblando. No me respondas nada de lo que te digo. Me re cagó a palos mal. Y esta vez fue muy posta”, le escribió Úrsula.
En la última década, las estadísticas de femicidios no han cambiado, a pesar de que, por primera vez en la historia, el tema está en la agenda pública. Siguen a un promedio de 300 por año: una mujer asesinada cada 30 horas. Más mujeres denuncian a su agresor, pero la Justicia muchas veces no da respuesta. En enero, 6 de las 31 víctimas de femicidios habían denunciado a varones violentos.
“Esta manga de hijos de mil puta, cuando el 9 de enero hicimos la denuncia por Matías Ezequiel Martinez, le dieron perimetral porque por siete meses le pegó y la amenazó, nosotros no sabíamos nada”, relataba más temprano la mamá de Úrsula. La noche caía con corridas frente a la comisaría y una sensación de impotencia y bronca acumuladas, por otro femicidio anunciado, por otra vida sesgada de forma brutal en un contexto conocido: inercia judicial y complicidad policial.

Fuente: Clarín

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