Se abrió una licitación para importar billetes. Y se rescataron de una bóveda 690 millones de papeles de $100 con la cara de Eva Perón.

En medio del tendal que deja día a día el coronavirus y su cuarentena, hay una industria para la cual serían ideales los días de 36 horas: la de imprimir billetes. El Banco Central ya inyectó 1,27 billones de pesos en el año para moderar la catastrófica caída de la economía y en la Casa de la Moneda se trabaja en tres turnos las 24 horas, tanto en la planta de Retiro como en la ex Ciccone, la misma que se compró Boudou cuando era ministro de Economía.

La catarata de billetes​ no es un tema menor. El Gobierno debería mirar ese flujo con la misma atención que le pone a la curva de contagiados de Covid: la emisión excesiva es un componente importante de la inflación (no el único, como aprendió por las malas el gobierno macrista), y si bien en un período híper recesivo como el actual ese factor parece diluirse, se puede pasar en un instante de tener sed a morir ahogado. Es déficit fiscal hecho y derecho, que tarde o temprano se paga, aunque es cierto que no había otro modo de financiar gastos inesperados e imprescindibles como el subsidio IFE.

Como efecto secundario, la canilla abierta sacó a la cancha 690 millones de billetes de $100 ilustrados con la cara de Eva Perón, casi la totalidad de una partida de 800 millones de unidades que había quedado guardada hace 7 años en una bóveda. Fue una reaparición estelar de Evita, luego de haber sido reemplazada por la taruca, un ciervo autóctono del noroeste criollo que saltó a los billetes de $100 en diciembre de 2018. También por esta excepcional demanda de efectivo, el Gobierno abrió una licitación para importar 250 millones de papeles de $500, que adjudicaría en una semana.

La emisión a toda marcha y el renacimiento de los Evita son señales de poca eficiencia. Porque imprimir billetes cuesta plata: papel especial, tintas especiales… Importarlos es más caro aún. Y luego mover esos billetes también cuesta plata: camiones de transporte de caudales, personal para llenar los cajeros automáticos… En una economía como la argentina, con altísima informalidad, donde hay que mover muchos billetes, el costo bajaría significativamente si, en lugar de imprimir o transportar papeles de $100 o $500, existieran los de $5.000 o $10.000. Además, sería más cómodo para quienes retiran dinero y se tienen que llevar un fajo inmanejable de papeles. Pero no existen.

Fue el propio Alberto Fernández quien en mayo 5terminó de sepultar al billete de $5.000. Si éste se hubiera planificado en diciembre, cuando la idea fue lanzada por el presidente del Banco Central, Miguel Pesce, hoy ya estaría en la calle: demora unos seis meses la puesta en circulación de una nueva denominación. Y habría sido de gran alivio este mes, cuando el cobro del aguinaldo más la segunda cuota del IFE provocaron largas colas ante cajeros automáticos que despachaban en su mayor parte a los renacidos Evitas.

Fuente: Clarín

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